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Los problemas relacionados con el peso y masa corporal son de primer orden en las sociedades occidentales. Pero a estos problemas no sólo se les atribuye el sobrepeso, que es constatable desde hace décadas, sino también las alteraciones relacionadas con una correcta falta de masa muscular.

Tanto las Ciencias de la Salud como las Ciencias del Movimiento han resaltado, en los últimos años, que la pérdida de masa y fuerza muscular (en sus diferentes conceptos) forman parte de los procesos vitales del envejecimiento. También diferentes investigaciones apuntan a una posible relación entre el incremento de tejido graso corporal y su influencia en el bienestar emocional de la persona.

Afortunadamente, la literatura describe el potencial para paralizar y revertir parte de dichos procesos, independientemente de la edad, sin perder de vista las limitaciones propias del envejecimiento.

El tejido adiposo blanco y las emociones

El cuerpo humano se compone de dos tipos de tejido graso: la grasa parda rica en mitocondrias y el tejido adiposo blanco o grasa blanca. El tejido pardo, rico en mitocondrias, es adecuado para diferentes aspectos vitales de la salud humana: para la respiración celular, forma parte del “motor” que permite la correcta combustión de calorías de nuestro metabolismo e, incluso, es un factor protector frente al cáncer y otras enfermedades.

Por el contrario, la grasa blanca se relaciona con el incremento de ciertas hormonas concentradas en la región abdominal (adipoquinas) y que influyen en la aparición de enfermedades como la diabetes. También, indirectamente estas hormonas se pueden relacionar con otros procesos, como el dolor, el estrés o la mayor probabilidad de acumulación de metales pesados provenientes del medio ambiente. La interacción entre el cerebro y el tejido adiposo blanco visceral sigue sin estar del todo clara, siendo muy probablemente multifactorial.

Diferentes aspectos se confabulan para favorecer el incremento de grasa blanca en nuestro organismo: la disminución de nuestro gasto metabólico, una reducción de las necesidades energéticas, junto a un estilo alimenticio inadecuado.

Aunque cada vez tenemos más clara la importancia de todos los órganos en la modulación fisiológica de las emociones, seguimos atribuyendo al cerebro el importante papel directivo en el manejo de la batuta, a través del sistema nervioso central.

En cambio, se sabe, por ejemplo, que la acumulación de tejido graso alrededor del hígado supone un mayor impacto con el volumen de la circunvolución del cíngulo cerebral y la materia gris del hipocampo. A modo explicativo, el cíngulo cerebral realiza un papel de conexión esencial entre el sistema límbico (emociones) y el neocórtex.

Los estudios llevados a cabo por neuroimagen recogen una disminución del grosor de la corteza cerebral a partir de los 19 años, conforme se incrementa la concentración de grasa blanca corporal. Estas estructuras cerebrales se relacionan con una correcta regulación de las emociones que se van modificando, negativamente, con la edad. Una situación que se va agravando con el paso de los años. En las personas ancianas existe una mayor reducción del grosor cortical del lóbulo global, parietal, temporal, cingulado e insular, asociado a una mayor concentración de tejido adiposo blanco o grasa blanca.

¿Qué podemos hacer?

Desde el Grupo de Trabajo Cuerpo y Mente de la SESMI aconsejamos, encarecidamente, diferentes puntos a tener en cuenta y que suponen cierta reversibilidad de algunas formas de senescencia y la mejora del bienestar emocional.

  • Múltiples evidencias describen las técnicas cuerpo-mente (meditación, respiración, …) en la génesis mitocondrial.
  • La correcta alimentación, adecuada a las diferentes edades biológicas y no a la cronológica, puede suponer un mayor nivel de personalización.
  • La potenciación de los ejercicios de fuerza y de resistencia son una forma de reducir el tejido adiposo blanco y las lesiones físicas y mentales asociadas. En este sentido, la SESMI se une al resto de la comunidad científica que aconseja la práctica, al menos 3 veces a la semana y en lo posible 5, de ejercicios de diferentes tipologías. La práctica distribuida a lo largo de la semana permite una mejor respuesta y adaptación del músculo frente a entrenamientos concentrados en pocos días.

 

Artículo elaborado por el Grupo de Trabajo Cuerpo y Mente de la SESMI

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